La captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses no es el fin de la historia, sino que en realidad, el inicio de una etapa mucho más peligrosa para el Perú.
Debemos ser claros. Cayó un «quién», pero sobrevive el «qué». La caída del dictador no representa la caída del régimen comunista ni de su maquinaria transnacional. Lo que enfrentamos ahora es algo mucho más letal para nuestro proceso electoral del 2026, una izquierda ideológica que actúa como una bestia herida.
Muchos peruanos se preguntan hoy “quién podría ser el nuevo Castillo?”. La respuesta es que el nombre no importa. A la izquierda no le interesan las personas, sino el objetivo mayor, que es el poder total para saquear el Estado.
Sobrevivió el «QUE», la izquierda comunista radical. Un aparato ideológico disciplinado, coordinado y multifacético que trabaja en las sombras. Para esta red criminal, el Perú ha dejado de ser una opción para convertirse en un trofeo de valor incalculable. Tras perder su base en Caracas, pelearán por nuestro país con uñas y dientes para no perder una de las últimas posiciones estratégicas en el continente. El Perú es hoy el botín que necesitan para sobrevivir.
Para entender a qué nos enfrentamos en el 2026, hay que mirar las cicatrices que deja esta ideología. Lo que ocurrió en Venezuela bajo el mando de la izquierda radical no fueron crímenes sistemáticos contra sus ciudadanos, la marca registrada de la izquierda cuando toma el control total, que destruye la economía, las libertades y, como vimos en Venezuela, obliga a millones a salir de su país.
Este es el ADN de la izquierda ideológica que hoy, herida y sin financiamiento directo desde Venezuela, buscará infiltrarse en nuestras elecciones. No vienen a hacer democracia, vienen a replicar el modelo de control social y represión que les permitió saquear a la nación venezolana durante décadas.
El proceso electoral peruano ya no es solo una competencia entre partidos, es una batalla contra una estructura narcoterrorista que ha hecho de la política su mejor disfraz. La justicia de EE. UU. ha demostrado que el Cártel de los Soles operaba como una maquinaria criminal desde el poder. Esa misma maquinaria tiene hoy sus ojos puestos en el Perú.
La caída de Maduro es un alivio, pero la bestia sigue viva y tiene hambre de poder. El Perú es el próximo objetivo en su mapa de supervivencia continental. Este 2026, no podemos creer en rostros que esconden ideas viejas y sangrientas. La libertad del Perú depende de nuestra capacidad para identificar que detrás de cualquier nombre que nos presenten, el «QUE» sigue siendo el mismo: un régimen que solo sabe gobernar sobre escombros y cadáveres.